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Especial Vladimir Ilich Lenin según Máximo Gorki

22/01/2020

 

Un francés me preguntaba un día: ―¿No encuentra Ud. que Lenin es una guillotina que piensa? ―Yo compararía el trabajo de su pensamiento a los golpes de un martillo dotado de conocimiento, que aplasta y destruye lo que al fin debe desaparecer. A los pequeños burgueses de todos los países, Lenin debe, naturalmente, parecerles una Atila, venido para destruir Roma del bienestar y del confort burgués, basado en la esclavitud, la sangre y el pillaje. Pero lo mismo que la Roma antigua mereció perderse, los crímenes del mundo contemporáneo justifican la necesidad de su destrucción. Es una necesidad histórica: nada ni nadie podrá evitarlo. Escuchamos plañidos sobre el valor de la cultura europea, sobre la necesidad de defenderla contra la invasión de los nuevos hunos. Tales discursos no son sinceros y no significan nada en boca de un revolucionario; pero en boca de los organizadores y de los cómplices del vergonzoso crimen de 1914-1918, son repugnantes mentiras. El proceso del desenvolvimiento de la cultura, se entiende por estas palabras el desarrollo progresivo del arte, de la ciencia, de la técnica, y de la «humanización» de los seres que acompaña a este progreso, evidentemente no puede ser disminuido por el hecho nuevo de que tomen en el trabajo cultural, no docenas de millares de individuos, sino masas de varios millones. A veces la audacia imaginativa necesaria en el hombre de letras pone ante mi esta cuestión: ¿cómo ve Lenin, el mundo nuevo? Delante de mí se desarrolla el cuadro grandioso de la Tierra convertida en una esmeralda gigantesca adornada de las facetas del trabajo de una humanidad libre. Todos los hombres son razonables y cada uno tiene el sentimiento de la responsabilidad personal para todo lo que se hace por él y alrededor de él. En todas partes, las ciudades jardines encierran majestuosos palacios; en todas partes trabajan para el hombre las fuerzas de la naturaleza sometidas y organizadas por su espíritu, y él mismo ―al fin― ha llegado a ser el amo efectivo de los elementos. Su energía física no se pierde más en un trabajo grosero y sucio. Se transforma en energía espiritual, y todo su poder se consagra al estudio de los problemas fundamentales de la vida, en la solución de los cuales se debate en vano después de siglos de pensamiento, de pensamiento dividido por los esfuerzos necesarios para explicar y justificar los fenómenos de la lucha social, agotado por el drama inevitable del conocimiento de los principios inconciliables. Llegado a ser más noble bajo los beneficios de la técnica, más juiciosa desde el punto de vista social, el trabajo convertido en deleite del hombre. Realmente libertada, en fin, la razón del hombre ―el principio del hombre― ha llegado a ser intrépida. Intrepidez de espíritu y sagacidad profunda en materia política, tales son los rasgos esenciales de la naturaleza de Lenin. El mundo no entendería el idioma que habla la diplomacia inspirada por él. Ciertamente es un idioma que desgarra groseramente los oídos delicados de los diplomáticos de frac y de smoking, pero es una lengua terriblemente verídica. Y la verdad será grosera hasta que nosotros los hombres no la embellezcamos por nosotros mismos, como la música que es una de las bellas verdades creadas por nosotros. No creo atribuir a Lenin sueños que le sean extraños. No pienso que «romantice» este hombre. Yo no me le puedo representar a mí mismo sin este soberbio sueño de felicidad futura de todos los seres, de una vida luminosa y alegre. Tanto más grande es un hombre cuanto más atrevido es un sueño. Lenin es más hombre que cualquiera de nuestros contemporáneos, y aunque su cerebro esté ocupado ante todo por combinaciones políticas, que un romántico debe calificar de «estrechamente prácticas», estoy persuadido de que en sus raros minutos de descanso su pensamiento activo se deja llevar hacia un porvenir de perfección más lejano y ve mucho más de lo que yo pueda figurarme. La finalidad esencial de toda la vida de Lenin es la felicidad humana, y por esto entrevé en lontonanza de los siglos por venir, el término de este proceso magnifico, al origen del cual ha consagrado toda su voluntad con el valor de un asceta. Es idealista si se entiende por esta palabra la reunión de todos los impulsos en una sola idea: la idea de la felicidad general. Su vida privada es tal, que en una época de gran fe religiosa se hubiera mirado a Lenin como un santo. Lo sé. Esto enfurecerá a los pequeños burgueses; muchos compañeros lo tomarán a broma y Lenin mismo prorrumpirá en una carcajada. Santo es, efectivamente un término paradójico y cómico aplicado al hombre para el cual «no hay absolutamente nada santo» como ha dicho de él el viejo «hombre de Dios», el exrevolucionario N. Tchaikouski. ¡Un santo Lenin, al que el jefe de los conservadores ingleses Churchill, persona de buena educación y de alta cultura, considera como «el hombre más feroz y más execrable»! Pero el honorable personaje no podrá negar que la santidad de la Iglesia raramente ha excluido la ferocidad y la crueldad; testigos, las luchas sangrientas de los Padres de la Iglesia en los concilios ecuménicos, la inquisición y otras varias abominaciones. Por otra parte, el dominio de la actividad cívica ha dado origen en todos los tiempos a un número más grande de personas verdaderamente santas, si se considera bajo este término de santidad el sacrificio desinteresado, heroico, a los intereses del pueblo, de la libertad, de la verdad. Realista severo, político espiritual, Lenin se va haciendo un personaje legendario. De los lugares lejanos de la India, recorriendo centenares de verstas por senderos montañosos a través de los bosques, secretamente arriesgando su vida llegan a Kabul, a la misión rusa, los hindúes humillados bajo el yugo secular de los funcionarios británicos. Llegan y preguntan: ¿Quién es este Lenin? Y desde la otra extremidad de la tierra, se oye a los obreros noruegos decir a un ruso indiferente: Lenin es el muchacho más honrado. No ha tenido igual sobre la tierra. Yo digo: está muy bien. La mayor parte de las gentes tienen necesidad de creer absolutamente para empezar a obrar. Sería mucho esperar a que se pongan a pensar y comprender, dando lugar a que mientras tanto el malvado genio del capital les ahogue cada vez más rápidamente con la miseria, el alcoholismo y la depauperación. Me parece también necesario anotar que Lenin no está exento de la afecciones de la amistad y que en general nada de lo que es humano le es extraño. Esto prueba un vago sentimentalismo y es ridículo hablar de ello; pero los burgueses del mundo entero son tan asustadizos y Churchill, los ojos fijos en Oriente, se irrita tan furiosamente y de una manera tan nociva para su santidad Como tengo un buen corazón me creo obligado a confortar un poco a las gentes timoratas, irritadas, y a todos los enemigos del jefe del «bolchevismo». Se dice que Lenin aprovecha las cualidades de los demás en beneficio propio y en detrimento de la causa. Pero casi siempre sus juicios desfavorables ―que parecen de antemano mal fundados― se confirman inevitablemente por la conducta de las personas que había juzgado desfavorablemente antes de haber visto los resultados de sus trabajos. Esto prueba acaso que Lenin ve mejor los defectos que las cualidades, mas también, que en general y en todas partes abundan más las malas personas que las personas útiles. A veces, entre la rudeza política, brilla la llama de la ternura casi femenina hacia el hombre; estoy seguro de que el terror le hace experimentar sufrimientos insoportables que sabe disimular muy bien. Conozco sus ojos en los cuales este dolor acerbo se ha posado para siempre, para toda la vida. Toda muerte me repugna orgánicamente, pero estos seres no son mártires y jamás mi conciencia me permitiría condenarlos. Observo que hablando de Lenin, experimento el deseo de hablar de muchas cosas y evidentemente, no puede ser de otra manera, cuando se habla de un hombre que está en el centro y por encima de todo. Ya se que se puede decir sobre él, en particular, muchas más cosas de las que quedan dichas. Pero siento escrúpulo dada la modestia de tal hombre desprovisto de ambición, sé que lo poco que he dicho le parecerá superfluo, exagerado y ridículo; que se echará a reir como él sabe hacerlo; mas espero que muchas personas no leerán estas líneas sin provecho para sí mismo. En estas líneas trato de un hombre que ha tenido la audacia de comenzar el proceso de la revolución mundial en un país en que gran número de ciudadanos quieren hacerse repugnantes burgueses y nada más. Tal audacia la miran muchos como una locura. Yo he empezado mi trabajo de instigador del espíritu revolucionario por un himno a la locura de los bravos. Hubo un tiempo en que una piedad natural por el pueblo ruso me había hecho considerar esta locura como un crimen; pero ahora, que veo que ese pueblo sabe mejor sufrir con paciencia que trabajar consciente y honradamente, canto de nuevo un himno a la locura sagrada de los bravos. Y entre ellos Vladimir Lenin es el primero y el más loco.

Máximo Gorki. Versión castellana tomada de la revista Claridad, nº 5, 6 de noviembre de 1920. 
 

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