Columna Nuestro destino

14/01/2020

 

Por Gonzalo Abella

 

La BBC exhibe la presentación mediática de Donald Trump. Lo rodean burócratas, algún afroamericano de vestimenta impecable, y una poco convincente texana con un enorme sombrero de cowboy. Mr. Trump acaba de recordar a Irán que el ejército de USA es el más poderoso, y que el Estado persa debe renunciar a dominar el mundo, porque el mundo ya tiene dueño. La gente sonríe a su alrededor. Nadie se pregunta cuántas bases tiene Irán en territorio americano, cuántos portaaviones de Irán se acercan a la Florida, pero algo de eso debe haber, porque por algo USA tiene bases por allá y manda drones a matar a sus dirigentes.
Ahora Trump cambia de tema. Anuncia severos recortes a los planes de Monitoreo Ambiental. Investigar el Cambio Climático es un gasto inútil que alimenta a los zánganos ambientalistas. Seguiremos construyendo súper carreteras, desarrollando la industria pesada, modificando organismos vivos y cobrando patentes por ello, extrayendo más petróleo por vía del fracking,  imponiendo nuestras reglas al Planeta. Nadie podrá impedir que sigamos desarrollando nuestro armamento, con “absurdos argumentos que exageran los problemas de la Naturaleza”. Nadie podrá impedir, concluye, nuestro pujante desarrollo, que ha permitido niveles de empleo que nos enorgullecen, y que nos garantiza hoy ser autosuficientes en energía.
Y un sector de los trabajadores más privilegiados lo aplaude, sumándose al coro de empresarios locales en ascendente prosperidad.
Trump, de alguna manera, nos ayuda a demostrar que no hay acuerdo posible con el capitalismo imperialista, ni con las trasnacionales que lo dirigen. El discurso descarnado de Trump desnuda el peligro de las vacilaciones de algunos gobiernos “progresistas” que no han enfrentado con coraje patriótico el saqueo ambiental. Pero ante todo, nos da un motivo esencial para enfrentar a los gobiernos reaccionarios y descaradamente entreguistas, sin hacernos ninguna ilusión sobre sus falsas promesas ambientales y sociales.
O se está con el imperialismo agresivo y saqueador, o se está con los pueblos: no hay una tercera posición. Hay sí un matiz entre la Socialdemocracia domesticada y la derecha clásica: la ambigüedad del discurso de la primera, su necesidad de no desenmascararse, enlentece a veces los ritmos del saqueo imperial. Por otro lado, la Socialdemocracia domesticada también adormece, posterga, la respuesta urgente de los pueblos.
El Planeta no resistirá por muchas décadas más ni otros Trump, ni el cinismo de otros Obamas. Necesitamos un movimiento mundial de la mayor amplitud contra el saqueo imperial y contra el cambio climático que las trasnacionales causan. Hay eventos alentadores en ese sentido. Las corrientes ambientalistas son cada vez más fuertes y lúcidas en el mundo, y las mini-trincheras ambientales comunitarias brotan y se reproducen en el campo y en la ciudad.
Pero el problema cardinal del siglo XXI es la forja de herramientas políticas que conduzcan las demandas populares al terreno principal: la disputa por el Poder. Todo movimiento puede ser neutralizado, infiltrado, o agotado. También puede ser engañado con promesas de reformas parciales cuya concreción, si no hay poder popular, queda en manos de los depredadores y sus cómplices de siempre.
Algunos piensan que el poder popular es el poder de las bases actuando espontáneamente. En realidad, el poder popular es el poder de las bases actuando organizadamente, y en interacción con las herramientas políticas necesarias que surgen de su seno y que son evaluadas por el propio pueblo.
En la UP hemos sufrido reveses, pero hemos sembrado más de lo que creíamos. Somos la trinchera local más importante en la forja de las herramientas políticas imprescindibles.

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