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Los Treinta y Tres

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Gonzalo Abella.

 

Abril es mes de conmemoraciones. Hace cien años Lenin produjo un documento extraordinario que se conoció como “Tesis de Abril”. Otros abriles conmemoran el Ghetto de Varsovia, Playa Girón, el terrorismo de Estado en nuestro suelo.  Abril, según dónde estemos,  es otoño o es primavera. Y el 19 de abril de 1825, en la Playa de la Graseada, playa del embarcadero de sebo de los contrabandistas, playa protegida por montes espesos a la cual la Historia Oficial cambió  su nombre, fue el Desembarco de los Treinta y Tres.

19 de abril de 1825.

Cinco años atrás la Liga Federal de los Pueblos Libres había sido derrotada y Artigas, al frente de los sobrevivientes y de muchas familias orientales, se había replegado al Paraguay. La tercera invasión portuguesa (las anteriores fueron en 1680 y en 1811) había controlado el territorio tras una  guerra sangrienta de 4 años (1816-1820). Nos convertimos así en Provincia Cisplatina del Imperio de Portugal, su posesión más sureña, y al independizarse Brasil pasamos a ser parte de éste.

Pero el Imperio esclavista de Brasil era una cárcel de pueblos. La Banda Oriental y Río Grande do Sul resistían al Imperio con toda su fuerza multiétnica. Recordemos que los  gaúchos resistieron todo el siglo XIX a la oligarquía paulista y a la política carioca, como Revolucäo dos farrapos (traicionada por Garibaldi y Bentos Goncálvez) y después junto a Gumercindo Saravia.

En 1825 ya había condiciones políticas para enfrentar al Imperio. Desde los días del Ayuí, el pueblo oriental se sentía parte de la Patria Grande.  Desde la Batalla de Espinillo, las otras provincias rioplatenses lo sentían como parte de su identidad.

El Reglamento de Tierras de 1815 había dividido a los independentistas rioplatenses, demostrando que la lucha de clases era más importante que el anhelo común independentista.  Para unir a todos los independentistas, en 1825 hacía falta una plataforma política amplia. Esta política de unidad la explicaba Lavalleja con sencillez: “Yo quiero palo y palo contra los brasileros  y después politiquemos” .

El gobernó luso-brasileño había sido cuidadoso en el tema de la propiedad de la tierra. Las familias humildes favorecidas por el reparto de 1815 mantenían sus tierras, los charrúas no eran molestados. Los reclamos de los antiguos terratenientes, que habían recibido con flores a los invasores, no eran atendidos.  De este modo, los invasores perdieron apoyo tanto entre los “artigueños” como entre los antiguos latifundistas.   La posibilidad de una alianza de provincias contra el Imperio era una posibilidad cierta… a menos que regresara Artigas prematuramente. El tema de restaurar o no la Liga Federal debía posponerse y Lavalleja lo sabía.

Pero las señales que dio Lavalleja fueron elocuentes. Los Treinta y Tres eran apenas un Estado Mayor sin tropas a menos que su bandera fuera tricolor. Y si además la bandera evocaba la del Paraguay, desde donde Artigas seguía con atención los acontecimientos, tanto más claro el mensaje al corazón popular. En su lúcida política de alianzas, ganar el corazón popular, que seguía siendo artiguista, era su primer objetivo. El segundo era involucrar más directamente a las otras provincias. Por eso todas sus proclamas al pueblo oriental comienzan diciendo: “argentinos orientales”, y expresa el sentimiento popular de restaurar la unidad rioplatense.

El desembarco del 19 de abril precipita muchos acontecimientos. El oficial imperial Fructuoso Rivera pone a precio las cabezas de Lavalleja  y Oribe, ofreciendo  mucho dinero por cada una de ellas. Pero su disfraz de paisano sencillo ya no engaña a nadie y los expedicionarios reciben valiosa información  sobre sus movimientos. Lo capturan en  el arroyo Monzón, donde para salvar su vida Rivera ofrece lo que mejor sabe hacer: cambiar de bando.

Después siguen las victorias militares y las traiciones diplomáticas. Cinco años después Lavalleja es desplazado, la unión rioplatense destruida, y Rivera pasa a ser el primer presidente. Encabezará  la contra revolución agraria. La bandera tricolor desaparece y los sueños de Artigas se postergan. Pero aquella proclama de Lavalleja del 19 de abril, cuando nos llamó “argentinos orientales” sigue convocándonos a la Patria Grande. 

 

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