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La pequeña burguesía

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Gonzalo Abella.

Cuando los señores feudales dominaban Occidente, en pequeñas aldehuelas nacía una clase laboriosa y humilde de artesanos. Por la demanda que generó su trabajo, estas aldehuelas se hicieron grandes burgos, y los artesanos se convirtieron en burgueses. Impulsaron el desarrollo de las fuerzas productivas (viajaron, comerciaron, inventaron, descubrieron) acuñaron moneda, y crearon un nuevo consumismo que permeó la austeridad de los señores feudales, a los que prestaron con usura.

La riqueza disfrutada individualmente cambia la cabeza del que la posee, le crea ambición y miedo. La burguesía formó su internacional (la Masonería) y conspiró para obtener parte del poder o todo el poder.  Finalmente compró una nueva mercancía: la fuerza de trabajo de los desposeídos, quienes produjeron en sus largas jornadas más valor que el invertido por los burgueses en su salario.

El burgués desarrolló el capitalismo y finalmente la fusión de capitales y su exportación impulsaron  la fase imperialista de este Modo de Producción.

La pequeña producción en Occidente quedó como algo marginal. Pero el desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas genera nuevas oportunidades  para la pequeña producción, nichos nuevos del Mercado que el gran capital no encuentra de interés por un tiempo.

Así surge la pequeña burguesía. Sofocada por la competencia desleal del gran capital, se vuelve crítica. Sin embargo, en tiempos de bonanza, aspira a ser capitalista. Puede luchar junto al pueblo trabajador contra la amenaza de la mega minería, o contra los monocultivos contaminantes,  pero vacila antes de integrarse a una lucha popular organizada. No se  ve a sí misma junto al campesinado minifundista ni junto a los trabajadores, pues ese no es su proyecto final.

La mentalidad pequeño burguesa influye en sectores intelectuales con su individualismo desconfiado. Para estos “profesores”, que no integran una clase social en sentido productivo,  su parcela de poder es el conocimiento académico. Este producto del mercado no lo quieren entregar a un proyecto revolucionario, a menos que se les dé en él un lugar de privilegio.

En los tiempos duros,  a los intelectuales pequeño burgueses les horroriza el trabajo gris y cotidiano de la construcción política y prefieren señalar desde afuera sus deficiencias, creyendo que su formación política teórica es superior a la óptica de un colectivo de trabajadores.  No entienden que el verdadero intelectual revolucionario enseña y aprende del colectivo y en el colectivo.  

Después, en tiempos de ascenso revolucionario, muchos intelectuales pequeño burgueses se suman al movimiento, pensando obtener un cargo de dirección en un proyecto que avanza sobre el sudor y la sangre de los trabajadores.  

Pero el romance dura poco. Cuando la reacción y el sabotaje obligan a todos a apretarse el cinturón (como en la Venezuela bolivariana), estos intelectuales sienten que es injusto compartir necesidades, que no se respeta su superioridad conceptual, y encuentran pretextos para ser opositores. Siempre hay pretextos, y críticas justas, en la obra imperfecta pero perfectible de los pueblos.

La lucha contra la ideología pequeño burguesa tiene como arma principal la escuela de la organización y  la alegría de construir juntos.  Esa construcción colectiva, que obedece a un plan,  requiere ganar para la causa popular a lo mejor de la intelectualidad y especialmente del estudiantado. Hacia eso vamos en la UP.   

 

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